Nueva York Cosmopolita (parte 2)

New York nocturno

En esta ocasión decidimos contratar una excursión que nos llevaría por las zonas más interesantes desde el punto de vista nocturno. Mi recomendación… que os leáis esto y no la contratéis porque cuesta 85 dólares por cabeza y si ya habéis visto alto y bajo Manhattan, es más de lo mismo. El problema es que nosotros solo disponíamos de 4 días allí y teníamos que ver lo máximo posible antes de irnos. Al ser tan de noche y no llevar un pepinaco de cámara, no pude ilustrarla demasiado.

La primera parada fue al otro lado del skyline y la pánorámica desde el puente de Brookling por la noche fue impresionante.

Skyline New York

Parada y fin de la excursión en Little Italy, el barrio más bohemio de la gran manzana. Tiendas de discos, peluquerías tradicionales de película, lavanderías…

Tienda discos little italy

No os voy a decir cómo era el tio que salió de la trastienda de la tienda de discos porque algunos os asustaríais jajaja. Eso sí, molar, molaba un montón!!

barbería lavandería

Y no adivináis donde fuimos a cenar… ¡Bingo! McDonald de nuevo iba a ser nuestro gran aliado y lo más asequible hasta el momento 😛 Un local regentado por un grupo de chavales jóvenes todos latinos. Estaba casi vacío. Nos sentamos en una mesa cercana a la puerta donde se divisaba perfectamente todo lo que allí ocurría. Y es que, cuando uno está en un barrio bohemio ya se sabe… o sea… que nunca se sabe lo que puede ver así que hay que situarse en lugares bien visibles o que permitan no perderse la magia 😉

Entre patata y patata el escenario se llenó de la gente más variopinta que habíamos visto junta hasta el momento. En una mesa un asiático solitario con su portatil, tipo empresario trajeado, mientras en la otra esquina una pareja de gays de color intercambiaban confidencias cuando al momento entró una pareja de esas… “peculiares” (me encanta la gente peculiar 🙂 ) Él altísimo y extremadamente delgado, moreno y bueno… físicamente a su manera (no me gusta meterme con el físico de las personas 😦 ) con vestimenta estilo post guerra de la mano de una chica super bajita de color, bastante mona, pelo afro y con estética moderna. Y en el mostrador pidiendo una pareja típica americana, rubios, grandotes, ya sabéis. Y ahí estábamos nosotros, los españolitos, Chus flipando en colores y yo disfrutando a tope de aquella mezcla armónicamente explosiva. Me encantó 😀

Tocaba dar una vuelta y tomar algo, nos habían dicho que por la zona se estilaban los garitos de música en vivo, jazz… y no queríamos perdérnoslo. Callejeamos una media hora, empezaba a chispear y esta pareja de españolitos caminando por calles estrechas llenas de locales con luces de neon y moteros “chungos” en las puertas se empezó a sentir fuera de lugar. Igual si hubiéramos ido con unas bambas y algo más despeinados habríamos pasado más desapercibidos pero notábamos cómo las miradas empezaban a pesar así que dimos media vuelta y al doblar una esquina tranquila encontramos esto.

The Back Fence

The Back Fence y esa noche tocaba ¡John Schmitt! Yuuujuuuu 😀 ¿nos lo íbamos a perder? (no, no era el de Pocahontas y no teníamos ni la más remota idea de quíen era pero el cartelito de la puerta nos moló un montón “esto pinta a country” -pensé)

Lo recuerdo como si fuera ayer. Abrimos la puerta y ya se escuchaba la voz del cantante. A la izquierda una barra en L donde algunos bebían cerveza mientras en la tele ponían un partido de baseball. Por la pared bombillas de colores y velas en las mesas y al fondo el escenario. Un garito “reciclado” de esos que me encantan, donde da igual la ropa que lleves o con quien vayas, nadie te mira mal, bueno… nadie te mira. Nos sentamos en la barra y pedimos nuestra budweiser. Hasta el momento no habíamos entrado a ningún bar de ese estilo y me llamó mucho la atención que todas las cervezas que tenían en la cámara, de botellín, las tenían también en el tirador. Igualito que aquí vaya. Esta imagen se volvería a repetir en los distintos garitos a lo largo y ancho de USA.

El chico cantaba una canción country, gorra hacia atrás y pantalón vaquero corto. Mientras, 3 amigos sentados en una mesa escuchaban mirando de frente el concierto callados, sin hablar, ni entre ellos. Es en ese momento cuando no pude evitar llorar. Lo reconozco, soy una sentimental de categoría pero es que con esa música, en ese lugar, ese momento… era inevitable sentirse especial. Era nuestra última noche en Nueva York y quería sentir y expresar hasta la última emoción.

Subida al Empire State

Con la excursión nocturna nos incluían una entrada para subir al Empire State esa misma noche o a la mañana siguiente. Como decidimos trasnochar por Little Italy lo dejamos para el día siguiente.

Empire State

El edificio más alto de Nueva York iba a poner a prueba mi vértigo esta vez. Se puede subir hasta la planta 102 (así como quien no quiere la cosa…) pero había que pagar un plus y decidimos quedarnos en la 86, total, no íbamos a notar mucho la diferencia por casi 20 pisos más, no? :-O

empire_state

Había que hacer cola para sacar una buena foto de todo Nueva York o símplemente hacerse una foto con aquellas impresionantes vistas. Pero no penséis que estas fotos en picado las hice asomándome con toda mi valentía no… por suerte llevaba “la super cámara” que tenía una pantallita abatible que pude asomar y tomar algunas imágenes mientras yo me resguardaba de la altura 😀

Así es New York desde lo más alto. Impresiona ¡eh! 😉

new_york new_york

En resumen y en definitiva, Nueva York es diversidad y cultura. Donde ves a la gente más variopinta cruzarse entre sí y no sorprenderse por nada. Nosotros éramos los sorprendidos. Nueva York es moderna y a la vez histórica.

De camino a nuestro último lunch newyorkino hice mis últimas fotografías. Los últimos recuerdos de aquella gran urbe.

Por último, check out en el hotel. Tomamos un taxi que nos dejaría en la estación de autobús que nos llevaría rumbo a Washington. Cogimos la compañía Vamoose, que llevaba la Ruta NY – Maryland – Virginia y nos pararía en la estación de Bethesda Arlington, donde iría mi tía a recogernos. Eso de “la estación” no era realmente así, casi nos volvemos locos buscándola. El autobús paraba en una señal que había situada en mitad de una acera en una bocacalle donde la gente hacía cola y esperaba su turno hasta que venía el autobús. El billete nos costó unos 17 dólares por cabeza y la duración del viaje fue de unas 4 horas.

Próxima parada Washington Institucional

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