Montmartre. Bohemio

El barrio Bohemio. El de los pintores, los cantautores, soñadores, los amantes y vividores. Las terrazas, los cafés, las luces, el humo, el Sacre Coeur, Le Poulbot, Le Moulin Rouse… Su atmósfera tenue y serena crea un ambiente de ensueño y romanticismo que acompañado por la niebla te sumerge cual película al más puro estilo parisino.

 

Fuimos por la mañana temprano. Los grupos de turistas de agolpaban a la subida del funicular. Hay dos opciones para subir desde la parte baja de la basílica, una es en funicular con el mismo ticket del metro y otra es por la eterna escalinata que se encuentra a ambos lados de éste.

Sacre Coeur

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Simplemente impresionante, majestuoso. El interior está dotado de una sobriedad y elegancia dignas de admirar. Seas católico o no, es una obra de arte arquitectónica que no debe pasarse por alto. Además, las vistas que ofrece de París son increíbles. Tuvimos suerte y empezaba a despejarse el día (había empezado muy nublado) y la luz que ofrecía la ciudad en ese instante era mágica. Por algo la llaman la ciudad de la luz

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Un paseo por la plaza de los pintores de día con parada obligada en el Starbuks de la calle central (precioso, por cierto, con un toque parisino muy particular) que ya tenían en sus vasos los adornos navideños, estos de Starbuks lo tienen todo pensado 😀  Un chico joven que tocaba la guitarra en la calle nos hizo pasar un momento de esos que hacen que se pare el tiempo.

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A lo largo de la calle se disponían numerosas tiendas y terrazas donde poder disfrutar del ambiente o llevarse un souvenir. O porqué no, uno de los dulces más típicos de París, los macarons. Los hay de un montón de colores, sabores y tamaños, sueltos, en bolsitas o por cajas 😀

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¿Recordáis las imágenes de los carteles tan famosos de artistas como Toulouse-Lautrec o Pierre Bonnard? también podréis llevaros una réplica si sois amantes de esta disciplina artística tan destacada en París en aquella época.

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Nuestra ruta continuó por la Rue Lepic, una calle larga cuesta abajo que conduce a la parte baja del barrio y por la que se pueden ir viendo más tiendas, bares y restaurantes. Uno de ellos el conocido Le Moulin de la Galette, donde se inspiró Renoir para pintar su famoso cuadro Baile en el Moulin de la Galette.

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Pero nosotros buscábamos otro bar más especial: Le Café des Deux Moulins uno de los escenarios de una de mis películas favoritas, Amelié

Amelié

Aquí voy a hacer un breve flashback porque quería meter todo lo referente a la película en un mismo bloque. Uno de los primeros escenarios que pudimos ver fue el tío vivo, justo antes de subir al Sacre Coeur, en la plaza Saint Pierre. Precioso. Es una réplica de los carruseles italianos del siglo XVIII y no le falta detalle. Verlo girar es como sumergirse de lleno en otro mundo.

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Seguimos nuestra búsqueda. Próximo destino, el Café de Deux Moulins, el bar donde trabajaba Amelié y donde se desarrolla gran parte de la película.

Cuando llegamos a su cristalera pude entre ver a través de las cortinas la imagen del cartel colgada al fondo del salón y justo en ese momento es cuando pude experimentar una emoción similar a la que tiene un adolescente cuando ve por primera vez a su gran ídolo. ¡Ahí estaba, prácticamente igual que en la película!

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El bar muy brillante y dorado, muy rojo, ¡muy Amelié! era mejor de lo que me había imaginado. Todo mi afán era entrar dentro y verlo, no quería tomar nada, solo hacer un par de fotos al cartel de la película que colgaba al fondo, me daba igual lo que me dijeran, solo quería llevarme el recuerdo hecho imagen. Así que sin pensarlo dos veces atravesé la cortina roja que cubría la puerta a modo de telón y me planté en medio del salón. ¿Y ahora qué? :-S  El bar estaba lleno de gente comiendo y camareros de un lado para otro sin parar. Entonces me entró la vergüenza y escuché las palabras mágicas: “¿Y si tomamos un café?” A veces pienso que me ignora, pero cuando más lo necesito ahí está. Mi chico había tenido LA idea, que era contraria a la mía de no tomar nada, pero visto el panorama era la única forma de estar un rato dentro y pasar desapercibidos para tomar alguna foto.

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Las imágenes de Amelié colgaban en varias paredes, incluso en el baño había un pequeño mausoleo con objetos de la película. Yo que pensaba encontrarme un simple bar y resultó ser todo un museo.

Cuando salimos sentí una satisfacción indescriptible (lo sé, no es para tanto, pero para mi fue un momento muy especial y esperado), sobretodo cuando nada más salir apareció un grupo de adolescentes medio locas que iban de excursión con parada obligatoria haciendo fotos sin parar a la fachada entrando y saliendo del bar. Y me pensaba yo que era la única… (en el fondo fue un consuelo, sobretodo porque Chus dejó de pensar que yo estaba medio pirada y que ese sitio solo lo conocían los que iban a comer allí). Por la noche volvimos a tomar otro café, esta vez en la terraza, al calor de la estufa, y con la conversación de fondo de 3 chicas francesas. No veíamos el momento de marcharnos.

Para comer decidimos subir otra vez a la zona de los pintores. Objetivo Le Poulbot.

Le Poulbot

Un pequeño restaurante muy auténtico y peculiar, “¿dónde nos hemos metido?” -pensamos, pero lo ponían tan bien en los blogs… que no podíamos dejar de ir. Y no nos equivocamos.

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De estilo antiguo, podría decirse que no había pasado el tiempo por allí. Había cola cuando lo encontramos así que dimos una vuelta más y esperamos al último turno de comidas. Al final se nos hizo demasiado tarde y al volver no estábamos muy seguros de que nos dejaran pasar. Una cortinita de ganchillo cubría la puerta de entrada, abrimos y un chico con cara de no muy buenos amigos nos hizo seña de que podíamos pasar. Quizá tenían intención de cerrar ya y por no decirnos que no…

Por suerte solo estábamos una pareja más y nosotros. Digo por suerte porque las mesas estaban tan pegadas unas a otras que si te gustaba lo que comía el del al lado podías picarle que no se enteraría (bueno, en realidad como en casi cualquier sitio de París). La pareja que comía, por su estética y comportamiento hicieron aún más auténtico el lugar.

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Un largo asiento acolchado que recorría la pared mostraba unos cuantos cuadros antiguos mal colgados, lámparas de tela que no ocultaban la obviedad del paso del tiempo y estanterías de madera repletas de objetos antiguos.

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Teníamos muchísimo frío y se estaba de maravilla allí dentro.

Nos sentamos mientras el cocinero detrás de una pared de madera con un hueco que dejaba entre ver de vez en cuando su cabeza, se enfurruñaba con los camareros, bien porque no debían habernos dejado pasar o porque tenía un mal día. Siempre nos quedaremos con la duda. El camarero, un chaval muy de estar por casa, nos trajo la carta. No es barato el sitio, pero tampoco extremadamente caro para lo que es París. Estábamos algo cansados de comer hamburguesas así que nos dimos el capricho de comer algo rico y diferente. Una ensalada de Salmón y Confit de Pato ¡buenísimo! Las cantidades no eran excesivas pero suficientes. Te deja hueco para tomarte un buen café y cualquiera de los dulces o bollería de las pastelerías de París que apetecen a cualquier hora 🙂

Cuando terminamos ya era de noche.

Montmartre ya había cambiado. Se volvió Mágico. La Place du Tertre se llenó de pintores, las terrazas repletas de gente tomando café al calor de las estufas y las luces navideñas ya encendidas. Alrededor del Sacre Coeur había un mercado con puestos de comida y objetos varios que junto con la niebla y un grupo de músicos buenísimos a la salida de la basílica, invitaba a pasear.

Decidimos volver al hotel por la parada del metro del Moulin Rouge y así verlo de noche (ya lo habíamos visto de día).

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El Moulin Rouge

Bajando hasta el final de la calle del café de deux moulins y llegando a la plaza, justo a la derecha enfrente de la estación de metro, se encuentra el Moulin Rouge.

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Nos habían dicho que no esperásemos gran cosa, que el molino era enano y que incluso parecía viejo. Claro, que comparado con la película, cualquier cosa puede parecer peor. Pero creo que me lo habían pintado tan mal, que precisamente me pareció mejor de lo que me imaginaba.

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Alguna luz es posible que le faltase pero no me disgustó. Las taquillas ya estaban abiertas para el espectáculo de cabaret.

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El mural que cubría su fachada me resultó curioso. No estaba decorado con las típicas fotos de chicas de cabaret que cubren toda la superficie al más estilo “cabaret chungo”, sino por un dibujo rojo, negro y blanco de muñecas de alta costura delgadísimas, con grandes faldas de tul y elementos tan conocidos del montmartre como el Sacre Coeur o el Tio vivo de la plaza Saint Pierre.

Tras las fotos de rigor, vuelta al hotel.

Espero volver algún día a tomar otro café y dejar que el tiempo se pare de nuevo en esas calles ❤

Si queréis saber un poquito más de París, ya tenéis la entrada publicada aquí.

Au Revoir!

 

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Un comentario en “Montmartre. Bohemio

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