Camboya. El resurgir

Cuenta la leyenda que Camboya surgió de la unión de una princesa y un extranjero, éste era un brahmán indio y ella la hija de un rey naga. Un día Kaundinya (el brahmán indio) se acercó a la costa y disparó una flecha con su arco mágico a la embarcación de la princesa cuando ésta salió a su encuentro para saludarlo. Asustada, accedió a casarse con él y necesitada de una dote, el padre tomó las aguas de su tierra y se las entregó a Kaudinya para que las gobernara. El nuevo reino se llamó Kambuja.

Bueno, no os voy a contar aquí la historia de Camboya, pero sí quería hacer un pequeño inciso con algo curioso que posiblemente algunos desconocíais.

 

 

 

Cuando uno escucha Camboya (allí Cambodia) vienen a su mente imágenes de templos, naturaleza, agua, guerra… historia. Camboya es esto y mucho más.

Me cuesta encontrar las palabras exactas para definirla. Camboya es… el resurgir. El levantamiento de las cenizas de una brutal guerra, de un pueblo aún asustado pero con muchas ganas de crecer y sobretodo de olvidar.

Como cualquier turista interesado en la historia de un país, buscábamos entender un poco más el por qué de sus ruinas, de su conflicto y cómo sale adelante una población tan recientemente devastada que aún arrastra secuelas de tan atroz pasaso.

Volamos desde la Isla de Phu Quoc con escala en Saigón. Me pasé los tres últimos días con el teléfono en la mano mirando las actualizaciones del tiempo. Seguían dando lluvias y yo me echaba las manos a la cabeza por no poder ver los templos de Angkor. Viajar hasta allí y quedarme sin verlos podría ser una de mis mayores decepciones (y una buena excusa para volver, por otro lado :-P) Empezaba a anochecer y desde el avión solo se veía una gran masa verde. De repente la gran selva se convirtió en una balsa gigante de agua. ¡Agua por todas partes! Agua, agua, agua, agua… todo inundado (no, no era el mar). Impacta ver algo así cuando lo más inundado que has llegado a ver es el desbordamiento del Ebro en Zaragoza (que no es poco jaja) y ya me pareció exagerado cuando lo vi la primera vez (los que somos de secano somos fácilmente impresionables cuando de agua se trata 😉

 

A poca distancia del aeropuerto el agua volvía a dejar paso a la vegetación, menos mal. Bienvenidos a Camboya 😀

Aterrizamos en Siem Reap, al norte del País. Seguía haciendo calor a pesar de que las temperaturas por el chaparrón que había caído por la tarde habían bajado. “Cómo se nota que hemos cambiado de país” -pensé. Había árboles hasta en la pista de aterrizaje. Se escuchaban los pájaros, la vegetación era sorprendente y todo estaba especialmente cuidado.

Empezaron los controles. No he contado que en el avión nos dieron unas láminas para rellenar, como las que nos dieron en el viaje a USA, a modo de visado y control de enfermedades. Nosotros en este caso ya íbamos preparados con el Malarone. A pesar de los quincemil efectos secundarios catastróficos que indicaba el prospecto, decidimos tomárnoslo por si las moscas. Mejor tener cagalera que morir en el intento de no tenerla :-/ (ya, ya…ya sé que no hubiésemos muerto). Por suerte no tuvimos ningún efecto secundario ni notamos nada raro así que parece que no es tan malo como lo pintan. También hay que tener en cuenta que cada cuerpo tolera las cosas de forma distinta.

Ya dentro de la sala de control nos recogieron las láminas y pasamos a gestionar el visado. El visado a Camboya consta de una hoja a rellenar allí, 30 dólares y una fotografía. Si no llevas la fotografía te cobran 2 dólares y pa’dentro. Y como nosotros somos muy listos y llevábamos muy bien guardadas nuestras fotos en las mochilas para no perderlas… ahí se quedaron, en las mochilas, en el maletero del avión. El primer viaje en el que facturamos las mochilas y justo necesitábamos algo de ellas. Así que 2 euritos por cabeza y sonríe no vaya a ser que te saquen el sable y te corten una mano :-O (los señores del aeropuerto imponían bastante).

No recuerdo donde cambiamos la moneda, me vais a perdonar 😦  pero que sepáis que los billetes camboyanos son los rieles y que 1 dolar americano corresponde aproximadamente a 4103 rieles camboyanos y 1€ a 4577 rieles. Y que son así de bonitos 🙂  Algo importante, cada vez que se paga o te pagan con dinero es de respeto cogerlo con las dos manos e inclinarse hacia adelante y dar las gracias. De igual modo, juntar las palmas de las manos y hacer el mismo gesto es algo muy oriental y la manera que tienen ellos de de desearte paz.

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Después de estar nosecuantorato con los visados, fuimos a por las mochilas y ahí estaba esperándonos a la salida Mr. Kloy Ratha, nuestro “taxista” con su Tuk-tuk y una gran sonrisa de oreja a oreja 😀  Se esforzaba por hablarnos en inglés y darnos la bienvenida. Nos miraba y sonreía constantemente.

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Me llamó la atención el físico de los chicos camboyanos. Su fisonomía era bien distinta a la de los vietnamitas (nada que ver, vaya) a pesar de ser países vecinos. Se nota mucho su fusión india. Son de tez muy oscura, espaldas anchas, con más altura, más hombres, más… guapos? 🙂  Sí, había alguno que llamaba más la atención que otros. Tal vez para las españolas que estamos más acostumbradas a nuestros hombres morenos nos resultan más familiares. Con los vietnamitas eso es casi imposible. Las chicas en cambio son las que se llevan la “parte mala” (si es que existe alguna, cuando hablamos de características físicas :-/) al menos las que pudimos ver nosotros. Son más pequeñitas, quizá no tan morenas, con la piel más imperfecta, un poco “menos llamativas” que los chicos.

Bueno, todo esto son apreciaciones de una españolita que llevaba 10 días viendo vietnamitas… ya me entendéis jajaja.

El camino del aeropuerto al hotel era de aproximadamente media hora. Las orillas de la carretera estaban plagadas de HOTELAZOS increíbles (que no pude fotografiar porque era muy de noche y con el movimiento del tuk tuk era imposible), reinados por esculturas doradas iluminadas, entradas y portones enormes… ¿De verdad esto es Camboya? estábamos un poco desconcertados. Entonces es cuando de nuevo me invadió ese sentimiento de “ya hemos arrasado otra vez”, la civilización, el consumismo y el capitalismo se había instalado en la selva también. Me entró una extraña tristeza… ¿Cómo es posible que estemos viendo en la orilla de la carretera a un padre con una niña caminar descalzos mientras vamos montados en un carro tirado por una moto y al lado un hotel de lujo con una escultura de Buddha del tamaño de un edificio de 5 plantas? En Asia, todo es posible.

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Nos adentramos en la ciudad y comienza el caos. Coches, motos, tuk-tuks, oscuridad y charcos. Ya he dicho que había caído una buena por la tarde y en Cambodia cuando llueve, ¡llueve! El hotel estaba metido por un camino estrecho lleno de baches, bueno, mejor dicho, SOCABONES que el tuc-tuc de repente se transformó en la atracción esa en la que subíamos de chavales que es como una olla que daba saltos y te desplazaba hasta la otra punta… Si alguien la conoce ya sabrá a qué me refiero. Pues que se imagine eso, pero en un espacio de un metro cuadrado o menos :-S ¡Y qué decir de los charcazos! miedo me daba a mi cada vez que se nos cruzaba otro tuk-tuk en el camino y formáramos entre los dos un tsunami de película. Por suerte llegamos intactos, y secos.

El hotel. Areca Angkor

“Madre mía donde nos hemos metido” pensé al ver la calle del hotel, que por no variar estaba -a tomar por saco- del centro de la ciudad. Pero al cruzar el umbral que separaba el interior con la calle… ¡¡¡UUUAAAUUUUU!!!! ¡¡Precioso!! Un gran Buddha de piedra iluminado nos daba la bienvenida. Olía a incienso. Un camino de hierba con losetas llevaba hasta la recepción donde nos esperaba un chico muy amable con una bandeja con fruta y zumo.

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El hotel Areca Angkor no era de lujo, era DE LUJAZO. Sin gigantes esculturas megailuminadas (a excepción de Buddha), ni suelos de mármol, ni portones enormes, ni lámparas de cristal. Luz justa, hierba natural, piedra, madera, agua, incienso… paz. PERFECTO. Estaba muy nuevo, llevaba poquito tiempo abierto y se notaba. Los dorados y los mármoles estaban bien para Las Vegas, pero cuando uno va a empaparse de historia y naturaleza… como que no 😛 Por cierto… ¿qué pasaría si aquí plantaran un gigante Jesucristo en cada puerta? :-/  ejem… que bonito es Buddha 😀

Después de que el chico de la recepción nos dedicara un largo rato a explicarnos cómo funcionaba el tema de los templos, los horarios, cuando y cómo nos recogían, etc, etc… fuimos a nuestra habitación (con vistas a la piscina :-D) y seguido a cenar.

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La habitación muy amplia, limpísima, con gusto, quizá se notaba alguna cosa a medias o sin acabar de lo nuevo que era, pero que se le puede pedir a un hotel que te sale por 30 dólares la noche (precio medio-bajo para ser Camboya). Algo así en España no bajaría de los 100 euros con total seguridad.

El restaurante. Una chulada, al aire libre, todo de madera, con vista a la piscina y las plantas varias que decoraban el jardín. El menú no era barato (para lo que un español consideraría barato), digamos que era como aquí si vas a un sitio donde sales a 15 euros por cabeza.

Una reflexión: En Asia piensan que todos los europeos somos Alemanes o algo así, creo que no saben que muchos españoles tenemos una economía “algo justa” y piden y piden como si en vez de naranjas o borrajas cultivásemos billetes. No dejarse engañar por esto y hacerles ver que los occidentales no somos todos iguales. Es importante que lo sepan si no quieres estar huyendo constantemente de los locales (bueno, aún así lo harás).

Eso sí, la comida estaba buenísima, muy “europea” pero exquisita. Y cómo no, acompañado de una buena cerveza, por fin probamos la cerveza Camboyana. Me encanta eso de probar las cervezas locales y descubrir que vayas donde vayas el mundo tiene un factor común en todas las culturas 😉

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Todas las imágenes con luz son de la tarde siguiente.

Eran tan solo las 9 de la noche y a dormir tocaba. Nos habían dicho que las vistas de Angkor Wat al amanecer eran espectaculares y teniendo en cuenta que amanece a las 5 y hay como una hora de camino… a las 3 de la mañana había que estar ya en pie para desayunar.

Los templos de Angkor

Con el hotel incluían un traslado en tuk-tuk diario y nos disponíamos a hacer el primero. Ahí estaba Ratha, muy puntual con su moto a punto y su eterna sonrisa. La noche era cerrada pero a pesar de ello algunos ya montaban sus puestos en el mercado y la polución ya se hacía sentir. Por el camino otros tuk-tuks nos acompañaban y por los arcenes numerosos turistas en bicicleta. Esta opción es escogida por muchos, ya que el entorno es muy apto para el paseo y la mañana fresca, por lo que muchos que se alojan cerca de los templos escogen este medio de transporte mucho más limpio.

Nuestro conductor nos dejó en la misma puerta donde se sacaban las entradas. Las colas ya se comenzaban a formar, claro está que no éramos los únicos que no queríamos perdernos el amanecer.

Existen tres tipos de entradas: de un día, de tres y de una semana completa y si no recuerdo mal los precios son de 20, 40 y 60 dólares respectivamente. Mi consejo, comprar la de tres días. Llegar hasta Camboya y ver los templos en tan solo un día es como que tu abuela haya hecho tortilla de patatas, la ponga en la mesa y salgas corriendo. Los templos son grandes en su mayoría, otros muy pequeños, pero numerosos y solo en el trayecto de unos a otros ya se pierde tiempo así que lo mejor es dedicar al menos de dos a tres días para verlos. Por otro lado, las visitas llegan a agotar (sobretodo si vais y venís en bicicleta) por lo que lo mejor es espaciar las visitas y dedicar la mitad del día a descansar y desconectar por la ciudad.

Tener en cuenta que las entradas son personales e intransferibles, por lo que no se pueden intercambiar. Al comprarlas te hacen una fotografía y te entregan un tarjetón tipo pasaporte que van ticando a medida que pasas por los templos.

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Tras otro tramo sobre ruedas, llegamos a la entrada.

Antes de comenzar la visita deberéis saber que en algunos templos hay restricciones de vestimenta. Al igual que los cristianos cubren sus hombros en las iglesias y los musulmanes descalzan sus pies en las mezquitas, en esta ocasión es muestra de respeto que el pantalón sea por debajo de la rodilla (aunque yo aconsejo directamente hasta los tobillos, ya que los mosquitos hacen de las suyas ¡y mucho!) Igualmente las camisetas de tirantes no están bien vistas en según que zonas. A lo largo de los templos se disponen numerosos guardas de seguridad que velan por el respeto a su cultura y su religión, y si no vas adecuado, no podrás entrar. Si os presentáis allí en plan “Pepito piscinas” no os preocupéis porque no os faltarán niñas machacando vuestros oídos vendiendo pantalones y pareos 😛

¡Ah! que no se me pase… si vais en grupo y queréis contratar un guía para que os lo explique todo todito todo, podéis. Nosotros preguntmaos por un guía en español en el hotel pero nos dijeron que eso no era posible (mentira cochina, pero ya no se puede hacer nada) así que preguntar hasta la saciedad y si no, al llegar a los templos informaos porque quizá quede alguno libre que os pueda acompañar.

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Cientos de personas caminábamos a quién sabe donde, era de noche aún e imposible ver lo que teníamos delante de nosotros y mucho menos ubicarse dentro que aquel enorme recinto hasta que poco a poco…

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… se fue haciendo la luz ❤

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Anghkor Wat. El rey de los templos, quizá el más fotografiado junto a las caras de Bayón de Angkor Thom

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Tras la expedición interior nos dimos cuenta de que no estábamos solos 😀

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Estos monetes campan a sus anchas mezclándose con los turistas regalándonos escenas así de tiernas y otras muy divertidas cuando uno de ellos le robó la gorra descaradamente a uno de los chicos que estaba jugando con ellos XD (parecían inocentes… jijiji)

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Pero no solo nos topamos con ellos, las señales nos avisaban de que otros seres podían andar muy cerca…

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Siguiente parada, Angkor Thom, como he dicho antes otro de los más conocidos por las inconfundibles caras de piedra de Bayón, que creerme son impresionantes y preciosas. Solo hay una cosa que hace perder el encanto a estos templos: nosotros los turistas.

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Dentro del recinto de Angkor Thom se encuentran otros dos templos muy característicos, el Templo del Rey Leproso y La Terraza de Los Elefantes.

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Y ¿quién no ha visto alguna vez la famosa imagen de las raíces gigantes del árbol zampándose literalmente las rocas? Era el turno de Ta Prohm. Realmente impresionante ver cómo la naturaleza viva se a ido abriendo paso entre los muros.

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Uno de los más cuidados es Banteay Srei, que destaca por su color y las esculturas de los monos que custodian el templo.

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Si entre templo y templo necesitáis reponer fuerzas, no os preocupéis porque os iréis encontrando numerosos restaurantes y puestos de bebida y comida.

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Tuvimos la gran ocasión de compartir la comida con nuestro chofer particular con el que intercambiamos risas e impresiones acerca de nuestras vidas. Son gente que trabaja durísimo para sacar a sus familias adelante, para ellos un billete de 5 dólares es una tremenda fortuna y muchos tienen varios trabajos. Él se sentía afortunado con su tuk-tuk porque no le faltaba trabajo. Descubrimos que se les entristece la mirada al recordar la guerra a pesar de que muchos no tuvieron la desgracia de vivirla ya que la población es bastante joven en la actualidad y ya pocos quedan para recordarla de viva voz. Hablan del tema con una sonrisa pero evitando mirar al pasado, dando gracias por su presente y su futuro esperanzador. Sueñan con viajar y conocer el mundo. Y a una se le empañan los ojos al recordar que no nos diferenciamos en nada y que todos soñamos con la misma fuerza. La diferencia es, que mientras a muchos de nosotros se nos entristece el rostro teniéndolo todo, a muchos de ellos se les dibuja una sonrisa no teniendo casi nada. El agradecimiento con cada gesto hacia ellos es inmenso y el respeto con el que te tratan digno de admirar. Mr. Kloy Ratha, jamás te olvidaremos.

Aún recuerdo cómo vino a buscarnos una noche que decidimos pasear por la ciudad, fuera de su horario, dejando al lado un cumpleaños familiar. Nuestras caras de asombro y culpabilidad no podían ser más evidentes. En seguida nos dijo que ya casi había terminado el cumpleaños y que -para que me entedáis- “así es el trabajo del autónomo”. Le hicimos prometer que nos contaría sus planes antes de decir que estaba a nuestra disposición. Y él sonrió.

Por favor, si viajáis a Camboya y tenéis ocasión, poneos en contacto con él porque no os defraudará, os lo aseguro 😉  Esta es su tarjeta:

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Processed with VSCO with f2 presetTemplos de Camboya

Hicimos una parada en un pequeño museo de minas que había a medio camino, donde pagamos 5 $. Ratha nos dijo que no era gran cosa, pero que si queríamos saber cosas de la guerra, no estaba mal.

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Fotografía de una imagen perteneciente a una impactante galería donde se retrataron personas mutiladas por la guerra.

En algunos de los templos era fácil encontrar grupos de personas tocando música, mutilados y damnificados de la guerra.

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Por el camino de ida y vuelta hacia los templos uno ve la vida de los Camboyanos, sus casas, sus trabajos y sus costumbres. No era extraño encontrarse, al igual que en Vietnam, con una familia entera sobre una moto o las vacas campando a sus anchas por las orillas de las carreteras.

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La mayoría de casas son de doble planta donde en época de lluvias las familias se refugian del suelo inundado.

 

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Pero sin duda, como en todos los países, si con algo nos quedamos es con ellos.

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Esta niña hacía dibujos en el suelo con un palito muy fino de madera, esperando a que la gente le diera dinero por sus fantásticas obras de arte.

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Regresamos a Siem Reap un poco aturdidos por todo lo que habíamos visto. Nuestra mente necesitaba un pequeño descanso y una gran reflexión.

Siempre tendremos un trocito de Camboya entre nosotros.

 

 

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